La historia de Sergio “Clavito” Reales empieza un 16 de octubre de 1937, con su nacimiento en Joaquín V. González, en el corazón de una familia pobre. Cuando Sergio tenía un año y siete meses, su padre don Segundo Liberato Reales, tuvo que abandonar la casa cuando los problemas conyugales, hacían de la convivencia una situación insostenible. Por entonces don Segundo se dedicaba a hacer carbón, aunque también desarrolló otras actividades relacionadas con el campo. Fue en ese momento cuando su madre, doña Julia Velarde, entregó al pequeño Sergio al cuidado de su abuela materna, Simona Eladia Orquera, quien se encargaría de él hasta el día de su muerte acaecida 10 años después. Algunos memoriosos recordarán que la madre de “Clavito”, supo ser hasta 1981, ordenanza en la por entonces Escuela Nacional Nº 204 Pedro B. Palacios (actualmente Nº 704).
Aún hoy con 76 años, “Clavito” recuerda a su abuela con lágrimas en los ojos. En su corazón siente que con ella encontró la contención que su mamá jamás le pudo brindar. Cuando murió su abuela, dejó de estudiar. Por entonces, cursaba el tercer grado en una escuela que quedaba ubicada detrás de las vías, camino al cementerio. Todavía no existía la escuela Martín Fierro, que fuera construida muchos años después sobre la calle 20 de febrero. Según él recuerda, en el año 1948 hubo un temblor que destruyó gran parte de ese edificio escolar. “Clavito” tenía como amigos de su infancia a: Manuel Paz, Cacho “gallito colorao” Aguirre, Chichi Núñez, el Negro Orquera, Azucena Soria, Antonia Orquera, Blanca Villareal y Lilia Domínguez, entre otros.
Cuando “Clavito” era chico, vivía con su abuela en una humilde vivienda que estaba situada entre las calles 9 de Julio esquina Sarmiento. Era un gran predio donde para sobrevivir, se dedicaban a la cría de cabras, ovejas, chanchos, gallinas, pavos, patos, que eran vendidos a medida que la necesidad se hacía presente en el hogar. Aunque jamás la abundancia se instaló en sus años de niñez (ni tampoco hoy en su adultez), siempre supo que “no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Y con eso le alcanzaba, y aún hoy le es suficiente, como para construir buenos momentos de felicidad.
Panes y látigo
Volviendo a la historia de “Clavito” niño, hay que decir que la muerte de la abuela Simona golpeó su alma y sacudió la tranquilidad de sus días. Sucedió que tuvo que regresar a convivir con su madre, quien lo trataba con mucho rigor y cierta indiferencia. Después del mediodía, cuando salía de escuela, vendía pan salado y pan dulce. Después volvía a su casa y le cargaban un canasto repleto con rosquetes masitas y empanadillas. Con ese dinero ayudaba a la economía del hogar. Pero no sea cosa que le faltara una moneda o algo del preciado cargamento, porque el castigo era feroz. Los chicotazos con un látigo trenzado, se hacían sentir en el frágil cuerpo del chiquillo.
Pelotazo de la desgracia
El González de aquellos años, ni remotamente se asemejaba a este. A finales de los 40' era un pueblito pequeño, un caserío exiguo, casi insignificante. Por entonces, nuestro amigo “Clavito” no tenía tiempo para disfrutar de los juegos infantiles propios de su edad. Cuando otros niños correteaban tras de una pelota, él transitaba las calles del poblado, ofreciendo los panes y las masitas. Pero también hay que decir, que esa imposibilidad efectiva de participar en algún entretenimiento de los chicos, no le impedía darse un recreíto para ver como jugaban los otros. Un día mientras iba con su canasta repleta de panecillos y masitas, vio que se había armado un picadito de fútbol en una canchita que había sobre avenida Güemes entre Mariano Moreno y 9 de julio. “Clavito” no tuvo mejor idea que ubicarse de espectador, muy cerca de uno de los arcos. Apenas iniciado el cotejo, por coincidencia o maldita desgracia, un pelotazo le vino a dar en la frente y lo mandó al piso semi nocaut para la cuenta de 10. Cuando reaccionó, las masitas estaban a metros del infortunado vendedor. Para peor de males, algunas casi enterradas en la arena. Cuando llegó a su casa ligó la paliza de su vida, que aún recuerda con lujos de detalle pero sin rencor.
La ilusión más deseada
Su mayor deseo siempre fue conocer a su padre y esa idea le daba vueltas en la cabeza y le avivaba el espíritu. A los 15 años empezó a trabajar con su tío Arsenio Orquera como ayudante de albañil. Ya a los 17 decidió que hora de cumplir su anhelo más preciado. Era mayo, y el frío persistente se le colaba en los huesos. Acompañado por su hermano mayor, Ramón Adolfo Reales, quien tenía 7 años más que él, se treparon a un colectivo maltrecho y destartalado que los llevó hasta Punta del Agua, una pequeña población distante a 6 kilómetros de la localidad de El Galpón. En una humilde casa de campo su padre se desempeñaba cuidando animales. Los changos temblorosos por el frío y la emoción llegaron a la vivienda y se presentaron. Su padre no podía parar de llorar ni de pedir disculpas. Sus hijos lo abrazaron en silencio, pero sintiendo que ese era el día más feliz de sus vidas.
Carne ajena, tentación divina
Cuando fue a conocer a su padre, decidió ese mismo día quedarse a vivir un tiempo con él. Lo ayudaba en las tareas cotidianas, y de pasó, recuperaba tantos años perdidos sin la presencia del viejo. Y descubrió en él, a un hombre excelente: recto, honesto, pero bueno y comprensivo a la vez.
Un día mientras estaban abocados a las labores campestres, ocurrió un episodio que también se constituiría en su historia, como un hecho inolvidable. En medio del campo, a unos 50 metros de la casa de su padre, vio emerger de una vivienda vecina a una morena insoportablemente bella y llamativamente voluptuosa. Nuestro amigo, no solo que no había visto mujer más atrayente que esa, sino que tampoco había disfrutando jamás, el néctar de ninguna preciada flor.Su padre le brindó una mirada cómplice y le dijo: “¿es linda la chinita queno? Tiene 19 años, dos años más que vos. Pero ojo, está casada con un domador que sale a trabajar los lunes y vuelve los sábados. Además, tienen un hijo chiquito, como de dos años. Tu hermana, la Negra, sabe ir a hacerle compañía para que no esté sola”.
Esa noche “Clavito” no pudo dormir, y en su fastidioso insomnio, imaginaba tener entre sus brazos, el cuerpo perfecto de esa morena deliciosa. Aunque más no sea, por un instante leve.
La noche siguiente, cuando se disponía a cenar con su familia, entró a la sala la bella jovencita. “Clavito” se estremeció, y luego quedó paralizado y mudo cuando la chica dijo: “vengo a pedirle permiso don Reales, para que su hijo me acompañe por esta noche. Estoy sola y tengo miedo”. Don Reales, que era un hombre conocedor de amoríos, contestó: “ningún problema, cuando termine de cenar que vaya”.La chica replicó: “puede cenar en mi casa, tengo comida lista y de sobra”.
Con la luz de la luna como único testigo, “Clavito” recorrió esos 50 metros como si fueran miles. Al llegar a la casa la cena quedó para después. Hicieron el amor en la cama y después fueron hacia un manantial que estaba a 20 metros, y no pararon de amarse hasta el amanecer.
Marche preso
Cuando tenía 24 años Sergio “Clavito” Reales fue detenido y trasladado a la comisaría. Ustedes se preguntarán: ¿Por qué? El motivo fue algo bastante sencillo y hasta perdonable. El muchacho se había convertido en un amante inagotable. Andaba picoteando a una chiquilla de 16 años, y a pesar de las reiteradas amenazas del padre de la novia, él seguía brindando sus servicios amoriles a la pequeña mujer. Lo denunciaron, fue preso, y no le quedó (aunque medio a la fuerza), otra alternativa más que casarse. Con ella, Amalia Esther Romero, tuvo dos hijas: primero a Julia Noemí, y dos años después a Eladia del Valle. A los 29 se separó y nunca se más volvió a casar.
La vida es bella
Ya en los tramos finales de su vida, Sergio “Clavito” Reales asegura que la vida es bella y sorprendente. Siente que no tiene reproches para nadie, a pesar de algunas vicisitudes poco felices de su cotidianeidad. Comprendió que la felicidad se consigue en las simples cosas de la vida, y que verdaderamente, no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita.